La historia de Juanita Parra, la baterista de Los Jaivas

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Juanita Parra, baterista de Los JaivasJuanita Parra la única mujer en los casi 50 años de Los Jaivas, el grupo musical más importante en la historia de Chile, revela los entretelones creativos de sus integrantes antes de llegar a la cúspide. cómo la muerte de su padre, Gabriel, determinó su vida y su vocación. En 2013 comienzan las celebraciones en todo Chile.

VENGO DE UNA HISTORIA DE AMOR INCREÍBLE. Mi padre, Gabriel Parra, uno de los fundadores del grupo y quien me marcó en la vida y el oficio, se enamoró a los 23 años de una mujer 16 años mayor. María Eugenia Correa, mi madre, ya tenía seis hijos y venía de una familia extremadamente conservadora de Talca. A pesar de que mi familia materna nos cerró la puerta al principio, lo de ellos fue un huracán y nadie lo pudo parar. Se enamoraron y, cuando mi mamá tenía 39, nací yo. Fueron una pareja indisoluble hasta la muerte de Gabriel, mi padre, en 1988 a los 41 años. El grupo iba en pleno ascenso.

Gabriel Parra, baterista de Los Jaivas muerto a los 41 añosMuchas veces pienso en cómo se puede morir tan joven, ¡yo tengo hoy 41! Mi primera infancia la pasé con mis seis hermanos Jara Correa, quienes hasta hoy son cercanos, en especial Pedro, el hermano que me enseñó a caminar a pie pelado en el Parque Bustamante, donde todos vivíamos. La primera y la última hija somos mujeres, los otros cinco son hombres. Éramos un familión y mi padre, quien tenía 24 y era totalmente hippie cuando yo nací, pasó a ser como el hermano mayor de mis seis hermanos, era demasiado joven para cumplir otro rol. Cuando nací yo, en 1970, me transformé en la luz de los ojos de todos. Que mi mamá tuviera más de cuarenta años durante mi infancia marcó profundamente mi personalidad: ella me transmitió su temple, su tranquilidad, su reposo. Puedo ser muy loca sentada en la batería, me muevo, bailo, gesticulo y me vuelo totalmente con la música, porque entrego mi alma. Pero en el camarín soy lo contrario de una artista hiperventilada: calmada y reflexiva hasta en mi modo de hablar, la gente se asombra mucho con el contraste. Debe ser por eso que me adapté tan bien al “Tiempo Jaivas”, que es un Tiempo que la banda tiene para hacer todo, nada nunca es apurado porque no forzamos nada,  dejamos que todo fluya a su ritmo. El tiempo Jaivas es un tiempo que pocos entienden, nos gusta fluir, creemos en que las cosas se decantan solas, desde grabar un disco hasta pensar el nuevo concierto. Y nos resulta bien, respetamos los tiempos del universo, eso ellos lo han hecho desde el principio. Yo, que me integré a la banda a los 19, lo acepté muy naturalmente. Me ayudó que soy una mezcla de personalidades: tengo el lado lúdico, energético y creativo de mi padre y el tranquilo de mi madre. Él, Gabriel Parra, me marcó a fuego con su vida y con su muerte. Al accidentarse en Nazca, Perú -dicen que murió instantáneamente y no sufrió-, yo tenía 17 y la existencia nunca más volvió a ser igual. Siempre digo que la historia de Los Jaivas ha sido ambigua, hemos vivido entre la tragedia y la alegría. Mario Mutis, también fundador del grupo, dice que cuando murieron los tres músicos que nos marcaron con tragedia -mi papá en 1988, Eduardo Gato Alquinta en 2003 y su hijo Eloy en 2004- sintió que le cortaban un brazo o una pierna. Porque Los Jaivas han sido y son como partes de un mismo cuerpo.

Mi padre me hace mucha falta hasta hoy. He llorado muchas veces contemplando su batería de doce tambores, que está siendo restaurada para los 50 años de Los Jaivas. Me tienta tocarla, pero son palabras mayores: alcanzar esa calidad musical no es fácil, aún no logro los matices que él logró en sus 25 años de carrera. Toco con cuatro tambores, él tocaba con doce y dos bombos. Era un hombre juguetón, aventurero, en mi infancia nos disfrazábamos los tres con el perro y armábamos shows. Multifacético, hasta su prematura muerte siempre fue el organizador de todo, el motor de todo. Incluso encontró el crucero que nos llevó a Europa en 1977, donde íbamos cinco familias, el contenido de cinco casas y todos los instrumentos. Una verdadera caravana. En ese viaje conocí de muy cerca la batería de mi papá: nuestro camarote tenía cuatro camas, yo dormía arriba y, al frente, iba amarrada la batería de doce tambores. Durante los quince días de travesía hasta Barcelona ese instrumento fue mi hermana. En el barco, éramos cuatro en la familia: mi papá, mi mamá, yo y la batería. Tenía seis años y creo que fue premonitorio. Después, en mi vida, me di mil volteretas antes de convertir este instrumento en mi oficio: en Francia prefería el piano. En nuestra casa de las afueras de París, donde vivíamos todos en comunidad, los papás ensayaban día y noche y los quince niños de Los Jaivas vivíamos sumergidos en la música. Teníamos permiso para jugar con los instrumentos, tanto, que una prima hacía su siesta en el bombo. Pero fue recién a los 13 que empecé a hacer percusión para acompañar a mi mejor amiga, que tocaba el bajo. Más tarde, a los 15, me matriculé en el CIM, una escuela de música donde también estudió Ángel Parra hijo. Estudié dos años, pero nunca pensé que la batería se iba a transformar en mi trabajo de una vida. Reconozco que pasé por una escuela formal, pero mi verdadera escuela en la música fueron los cinco años en que Los Jaivas me prepararon, tocando de diez a seis todos los días, sin tregua. Con ellos fue que me formé para tocar como toco hoy. Siento que fui alumna de un profesor póstumo, mi padre, y de sus compañeros, que me guiaron en el sonido justo. Mi padre siempre me dijo que yo debía estudiar formalmente porque a él siempre le penó no saber leer música. Pero no tuve tiempo de aprender, por su accidente dejé el CIM. Ninguno de Los Jaivas lee música. La excepción es el tío Claudio Parra.

EL SUEÑO DEL GATO. En la casona de Châtenay Malabry, a doce kilómetros de París, vivimos todos juntos -los cinco Jaivas fundadores: Claudio, Eduardo y Gabriel Parra; Mario Mutis y el Gato Alquinta con sus mujeres y niños (llegamos a ser quince)- desde 1977 hasta 1985. Era una casa gigante en medio de un parque, que pertenecía a un matrimonio de franceses de origen judío, los Crous. Durante la Segunda Guerra Mundial, Madame Crous había sido salvada de la persecución judía por una chilena y siempre había soñado con devolverle la mano a Chile. Cuando leyó en el diario el aviso de mi papá: “Familia numerosa busca casa grande”, no lo pensó dos veces. Madame se convirtió en nuestra amiga y protectora, nos esperaba cuando nos atrasábamos con el arriendo, nos aguantaba el griterío y la música estridente y hasta nos defendía frente a los vecinos. Fue una verdadera hada madrina. Nuestra casa era creativa y desestructurada. Vivíamos en la música, día y noche. Éramos un choclón, y los niños, los privilegiados: nunca nos dimos cuenta de las apreturas que los grandes pasaban, nunca nos faltó comida, pero muchas veces pasamos frío, no siempre había para calefacción. El grupo se concentraba en ensayar y componer, estaba decidido a conquistar Europa y así fue. La vida era simple y complicada a la vez, vivíamos un poco en la filosofía hippie, nadie tenía un ingreso mensual y sobrevivíamos como podíamos. Tuve una infancia especial y feliz, con mucha libertad. Recién a los 13 empecé a tomar conciencia de los sacrificios y las apreturas domésticas en que, a veces, vivíamos. Me saco el sombrero frente a las mujeres de los Jaivas, eso incluye a mi madre. Durante años, los hombres se iban de gira y la casa y los niños quedaban a cargo de las mujeres. Fueron valerosas. Y grandes compañeras de estos músicos: casi todas abandonaron sus carreras y propios proyectos por seguirlos a París. Por ejemplo, Mónica, la mujer del Gato Alquinta, era una eximia bailarina y allá trabajaba en una escuela. Muchas hacían aseo en las casas vecinas, mi mamá también, todas tejían chalecos y los vendían en un teatro, el Lucernaire. Nunca tuvimos lujos, no salíamos a comer afuera o a tomar un café, nunca entramos a una tienda a comprar ropa. Vivíamos una vida muy simple y, en 1985, tuvimos que entregar la casa y nos fuimos a otra en Châtenay-Malabry.

Un día de 1987, mi papá me dijo que quería que yo estudiara iluminación para convertirme en la iluminadora de la banda en el escenario. “Te sabes todos los temas de memoria, toda la música, quien mejor que tú para estar en la consola”. Me puse a estudiar en una empresa de luces y sonido y aprendí mucho, me encantó. Me convertí en técnico de iluminación de Los Jaivas: en el fondo mi padre quería que yo me involucrara para tenerme cerca. Comencé a viajar con ellos en las giras y fue después de un concierto que vinimos a dar en Chile, en 1988, cuando mi papá se mató en Nazca. Se dio vuelta en la Curva de la Muerte en la carretera peruana, iba muy rápido, a él le fascinaba la velocidad. Ahora pienso que vivió, intuitivamente, siempre a concho, con el acelerador a fondo. Y con la energía al límite. Vivió por dos sus 41 años. Tres horas después de su entierro, se me acercan los tíos y me piden que me convierta en la baterista del grupo. Yo tenía 17 años, llevaba apenas dos tocando y reemplazar a mi padre me parecía imposible, él no era cualquier baterista. El Gato Alquinta había tenido un sueño la noche antes, en él, mi papá le decía que la banda debía continuar y que yo debía reemplazarlo. Sentí que esos músicos eran mi familia, habíamos vivido juntos hasta 1985. “Perdí a mi papá, voy a intentarlo”, pensé. Mi mamá se volvió definitivamente a Chile en cuanto mi padre murió, me quedé sola a los 17. Llegué a nuestra casita de Châtenay-Malabry, acompañada sólo por mi pareja de ese tiempo. Fue un tiempo atroz, deambulaba sola por esa casa llena de recuerdos, sentía a mi papá en cada rincón, cuando vi la batería me derrumbé. Intenté tocar con el grupo, no fui capaz. Estaba tan mal, que una amiga mayor me llevó a su casa en París. Durante dos años estuve desligada de Los Jaivas. Ellos siguieron tocando en Chile y Europa, haciendo giras y casi no los vi. En la batería se sentó un sobrino del Gato. Seguían viviendo en Châtenay y armaron un proyecto precioso: visitaban escuelas y les mostraban a los niños los instrumentos musicales latinoamericanos.

Un día de 1990, estando yo en el restaurante Venezia de Pío Nono, me encontré con Eduardo Parra. Se iban a tocar al sur, me convidaron. Ahí fue cuando lo decidimos: probaría en la batería de nuevo. No les fallé, ahora podía sentarme frente a los tambores sin llorar. Volvimos todos a París, arrendamos una sala del teatro Aleph en Ivry, y nos pusimos a ensayar. Era como ir a la oficina: todos los días, de diez a seis. Me desesperaba el encierro y estaba ansiosa de debutar, pero ellos me sujetaban, me calmaban. Ese training duró ¡cinco largos años! Estaba medio loca, pero ellos no transaban. Tenían razón: el sonido Jaivas no es simple, necesita mucho trabajo, mucho fiato, mucho aprendizaje, mucho corazón. Y magia. Creo que lo di todo. Empezamos a tocar sólo en festivales porque ahí nos pedían dos o tres temas, yo no podía más. Hoy toco hasta quince al hilo.

A Los Jaivas les he dado todo y he sido muy feliz en estos 22 años. No necesito más. He realizado mi vocación. Y me cuidan: para ellos “soy la niña”. Toqué en el escenario hasta mis siete meses de embarazo y, cuando fuimos a la Carretera Austral, la camioneta saltaba como loca; vivieron ese viaje preocupados de mí y de mi guagua. A punto de cumplir medio siglo, el grupo me considera una fundadora más.

SOMOS UN GRUPO BENDITO. Cuando se fueron, uno por uno, los tres Jaivas, todos partimos un poco con ellos. A la muerte de mi papá sobreviví como pude. Cuando murió el Gato Alquinta, quien, desde mi infancia, había sido parte de mi paisaje emocional, me costó creerlo. Pero en 2004, al morir Eloy, quien tenía mi edad, me derrumbé. Fue demasiado. El Gato y su hijo Eloy sufrían una deficiencia cardíaca pero no estábamos preparados para que se fueran. Entré en una espiral gris, me rebelé. Todos sufrimos mucho. Mucha gente empezó a hablar de nuestro destino trágico como banda -los tres Jaivas murieron un día 15- , de que sufríamos una maldición. Yo caí en una especie de pánico, perdí contacto con la realidad. Salí de la depresión sólo cuando me embaracé de mi hija Kaila, quien hoy tiene siete años y un gran oído musical. A pesar de todo, y ahora que estamos por cumplir 50 años, siento que somos un grupo lleno de bendiciones. Yo quería ser parvularia en mi adolescencia, y terminé cumpliendo mi destino: estoy convencida de que nací para esto, nací para tocar con Los Jaivas. Durante mucho tiempo miré la batería y pensé: “¿Y si mi papá estuviera aquí sentado… ¿qué haría yo?”. Es raro, creo que nací donde nací y tuve los padres que tuve, sólo para llegar a tocar en el escenario con ellos. Fui elegida. Estaba marcada desde mi nacimiento, así de fuerte es la vocación que siento.

Los Jaivas somos un grupo bendito. Después de cincuenta años, la gente, el público, sigue ovacionándonos en masa como el primer día, emocionándose.  Eso le pasa a muy pocas bandas en el mundo y, en la historia de la música, ¿cuántas han cumplido medio siglo?

Y es que tenemos la “Suerte Jaivas”. Igual que el Tiempo, la Suerte Jaivas nos es inherente. Vamos a tocar a las Torres del Paine y desde hace una semana llueve en forma torrencial. Nos toca al otro día y amanece con ¡sol esplendoroso! Esa mañana corrimos la cortina del hotel y, al ver el sol, dimos gracias al universo. No soy católica, pero tengo una vida muy espiritual, soy de rituales, de prender velitas, sobre todo desde que murió mi padre. Creo que en las iglesias, por ejemplo en Notre-Dame de París, se consigue un contacto especial con el universo, con la energía y el espíritu. La comunión que la banda logró en 1981 al hacer un álbum como “Alturas de Machu Picchu”, sin haber puesto jamás un pie en esas ruinas, sólo encerrados en una pieza en Châtenay-Malabry, inspirándose en unas ampliaciones del poema de Neruda, fue un acto de luz, una bendición. Un acto creativo luminoso, un contacto espiritual con el universo. En 2011, cuando por fin fuimos a tocar a Machu Picchu, hice una catarsis. Fue tanta la energía y la emoción que lloré con convulsiones durante todo el ensayo. Ahí estaban mi papá, Neruda, el universo, la inspiración y la magia. “Alturas de Machu Picchu” y “Obra de Violeta Parra”, un disco magistral, son las principales obras de Los Jaivas en su historia. Una empresa estadounidense los catalogó dentro de los veinte discos más importantes de la música.

La banda se ha ordenado, primero con Eduardo Alquinta, quien era metódico, y ahora con Mario Mutis, un excelente negociante. Por primera vez hemos organizado nuestras finanzas, hay marcas que se interesan por patrocinarnos, ahora todos vivimos de nuestra música y tenemos casa propia. Hasta hicimos un fondo de reserva, algo impensable. Recién, en Estados Unidos, a donde fuimos para tocar en Lollapalooza, renovamos instrumentos. Son cosas nuevas para Los Jaivas. También creamos una sociedad, somos socios igualitarios, hasta yo. Vamos a hacer una fundación, queremos que la obra musical no se pierda y nos sobreviva. Todo cristalizará el próximo año, cuando cumplamos 50 de vida musical.

¡Cincuenta años y en un escenario como Lollapalooza, donde la edad promedio de los asistentes es de 30! En 2013, habrá conciertos en todo Chile y, en el Bellas Artes, una gran exposición de fotos y pintura, debates, charlas. El 15 de agosto, fecha del aniversario, se montará nuestro “Concierto de Medio Siglo” en el frontis del museo. Habrá ediciones y reediciones de libros y vinilos. Medio siglo no es poco y nunca nos hemos dejado. Somos una banda única en ese sentido, seguimos ahí, hay algo que nos une a pesar de todo y más allá de todo.

 

Publicado originalmente en revista Ya

Comentario de on Miércoles, agosto 22nd, 2012. Clasificado en Actualidad. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback a esta entrada

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